viernes, 22 de septiembre de 2017

Hoy este canto viene muy a cuento


Tod@s sabéis que no comulgo con el nacionalismo. Que considero que todo lo que está pasando en Cataluña es una pantomima en la que se está manipulando al pueblo en beneficio de un@s cuant@s list@s de un lado y de otro.

Pero la ejecución de la Operación Anubis por parte de la Guardia Civil y la Policía Ncional, deteniendo a representantes electos del Parlament Catalá; interviniendo las cuentas de la comunidad autónoma; requisando papeletas de voto; pasándose la ley, que dicen defender, por el forro; aplicando un artículo 155 que sólo se puede aplicar previa consulta al Parlamento, se parecen a un golpe de Estado mucho más que cualquier actuación que haya llevado a cabo hasta ahora ningún independentista.

Antes ya los había. Pero ahora ya se puede decir: el Estado español tiene, oficialmente presos de conciencia.

Sigo manteniendo que todo este tema es una pantomima, para tapar los auténticos abusos, cometidos contra el pueblo, de este Estado, sea cual sea su nacionalidad, así como para repartirse el pastel de todo el negocio que supone el Corredor Mediterráneo, y que es lo que de verdad se están disputando Rajoy y Puigdemon.

Pero esta vez, para tapar sus abusos, han cometido uno mayor: una auténtica felonía. Las personas de los detenidos no me merecen mayor respeto que cualquier otra persona. De hecho, creo que colaboran con el estado español para que las clases populares se entretengan con supuestos problemas de nacionalidades, y se desentiendan de los problemas reales, que son de clase, de género y medioambientales, no de nacionalidad.

Pero lo que ha hecho hoy el Gobierno de España es FASCISMO EN ESTADO PURO, y es muy grave porque, una vez abierta la puerta, significa que están dispuestos a hacerlo en cualquier otro contexto y en cualquier otro ámbito.

Esto supone algo que algun@s ya sabíamos: esto no es una democracia. No queda otro camino que la lucha sin paliativos y sin condiciones.

Ahora ya empieza a estar claro que la libertad de pensamiento es una quimera, y mucho menos la de expresión. Lo único que se mueve y actúa libremente, es el dinero.

Ahora ya sabemos que nos pueden detener por nuestras ideas, y por trabajar para llevarlas a cabo.

La policía lleva tiempo actuando como en tiempos de Franco. Que se lo pregunten a la gente de Gamonal en Burgos, o de Linares. Nos gobiernan los herederos directos, de sangre, de aquel régimen.

¿Nadie dudará ya de las raíces franquistas del PP?

Es más: nos gobiernan literalmente, los herederos directos, por vía de sangre, de la nobleza más rancia del reino de España. Una mirada somera a los apellidos que componen el Congreso y el Senado basta para comprobarlo.

La escala superior del ejército está también en manos de la nobleza más rancia. Y lo mismo con la jerarquía católica.

Esta gente está dispuesta a repetir lo que ya llevan haciendo más de quinientos años, cada vez que lo necesitan: exiliar, ajusticiar y exterminar a tod@s aquell@s que se opongan a su voluntad. Normalmente, lo mejor de este pueblo.

Ya no es cuestión de política parlamentaria. Ya no es cuestión de mejoras, avances o retrocesos.

Es una cuestión de pura y simple AUTODEFENSA. Estamos perdiendo, no derechos laborales, no estas o aquellas libertades.

Estamos perdiendo EL DERECHO, y estamos perdiendo LA LIBERTAD. Y después cuesta mucha sangre recuperarlos. Ya nos está costando palos, multas y cárcel. Lo siguiente, ya sabemos lo que es.

AHORA EMPIEZA A SER ELL@S O NOSOTR@S. LIBERTAD O TIRANÍA.

«... también será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro,
la lleguemos a ver.
Pero habrá que forjarla
para que pueda ser...»

... La he cantado tantas veces ante el fuego de campamento...

Amnauj T.


miércoles, 20 de septiembre de 2017

Kropotkin, geógrafo anarquista


PENSANDO EL TERRITORIO

Piotr Kropotkin es considerado como el padre de la Geografía anarquista junto a Elisée Reclus, además de ser el fundador de la escuela del anarcocomunismo. Kropotkin nació en el seno de una familia de la nobleza rusa el 9 de diciembre de 1842. Su padre era un príncipe latifundista con cientos de personas a su servicio, algo que sin duda influiría en el posterior pensamiento de su hijo.

La relación de Kropotkin con la Geografía se inicia a los 20 años, en 1862, cuando es llamado por el zar Nicolás I para incorporarse a las filas del ejército ruso con el fin de evaluar las condiciones penitenciarias en la zona de Siberia —destino que eligió voluntariamente para alejarse del ambiente de la corte que tanto le desagradaba—, donde además inició unas exploraciones por la región de Manchuria y hasta el río Lena. En 1867 abandonó el ejército zarista y encauzó su carrera hacia una Geografía más academicista, ingresando en el mismo año en la Sociedad Geográfica Rusa como secretario de Geografía Física, cargo con el publicó obras de gran importancia para este campo como su estudio sobre los glaciares europeos, la desecación de Eurasia debido al deshielo glaciar y su análisis sobre la orografía del continente asiático.

Su influencia en la ciencia geográfica rusa llegó a tal nivel que le ofrecieron el cargo de presidente de la Sociedad Geográfica Rusa, cargo que Kropotkin rechazó como se comenta el siguiente fragmento:

«(…) recibí un telegrama de la susodicha corporación, en el que se me decía: El Consejo os ruega aceptéis el cargo de secretario de la Sociedad.(…) Se habían realizado mis esperanzas; pero al mismo tiempo, otras ideas y otras aspiraciones habían invadido mi pensamiento. Después de meditar detenidamente sobre lo que debería contestar, telegrafié: Gracias encarecidas; pero no puedo aceptar»
(P. Kropotkin, Memorias de un revolucionario.)

A partir de entonces Kropotkin abandonó el campo académico para lanzarse al ámbito político-revolucionario. El motivo de este viraje personal, profesional e intelectual hay que buscarlo en sus experiencias exploradoras por Siberia, donde pudo comprobar la miseria con la que convivían las clases pobres campesinas de Rusia y Finlandia a la vez que se hacía obvia la corrupción e ineficacia del Estado zarista. Esta desigualdad fruto, como afirmaría después, de «la codicia humana» chocaba de frente con el comportamiento altruista en animales, que tanto había estudiado una década antes, y que le proporcionaría la base de su tesis sobre el apoyo mutuo en las sociedades humanas y que se convertiría en uno de los principales pilares ideológicos del anarcocomunismo. Así, afirmaba lo siguiente:

«¿Pero qué derecho tenía yo a estos goces de un orden elevado, cuando todo lo que me rodeaba no era más que miseria y lucha por un triste bocado de pan, cuando por poco que fuese lo que yo gastase para vivir en aquel mundo de agradables emociones, había por necesidad de quitarlo de la boca misma de quienes cultivaban el trigo y no tenían suficiente pan para sus hijos? De la boca de alguien ha de tomarse forzosamente, puesto que la agregada producción de la humanidad permanece aún tan limitada… Por eso contesté negativamente a la Sociedad Geográfica.»
(P. Kropotkin, Memorias de un revolucionario.)

A partir de entonces, Kropotkin inicia un viaje por Europa donde entra en contacto con los principales círculos anarquistas cercanos a Bakunin en Ginebra, aunque fue personalizando su propia aportación al anarquismo incorporando la fase previa de la colectivización comunista (anarcocomunismo). Posteriormente volvió a Rusia donde fue duramente encarcelado por el zar aunque logró escaparse con una fuga planificada y se exilió en Londres, viajó a París (donde también estuvo en prisión) y vuelta a Londres, para volver a Rusia en 1917 con motivo de la revolución. Murió en 1921.

Anarquismo y Geografía

Para entender la relación entre la ciencia geográfica y el anarquismo hay que contextualizar tanto la situación política como teórica de la época. En la primera, nos encontramos con una Europa de fuertes desigualdades sociales asentadas sobre la ferviente industrialización llevada a cabo desde hacía 150 años y que tenía una gran diferenciación espacial entre los países europeos occidentales como Francia e Inglaterra, y Rusia cuyo modelo productivo seguía basado en un feudalismo latifundista. Por tanto, en el plano político predomina una lucha de clases cuya máxima expresión en el siglo XIX es la creación de una espacio tan relevante como la Comuna de París (1871) y la unión de los trabajadores en la Primera (1864) y la Segunda Internacional (1889).

En lo teórico, el anarquismo se enfrenta a las teorías predominantes sobre el darwinismo social de Herbert Spencer en las sociedades humanas, que basaban la selección natural en la lucha entre individuos, y rechaza de plano cualquier atisbo de determinismo que justifica como algo natural las desigualdades sociales.

Frente a estos planteamientos, el anarquismo de Kropotkin y de otros grandes autores como Reclus y Mechnikov, refuerzan la idea del necesario apoyo mutuo en las sociedades como forma de progreso y superación de la autoridad coercitiva. La teoría del apoyo mutuo enlaza con otro de los pilares de la Geografía anarquista: la solidaridad en la producción. Frente a las teorías maltusianas basadas en la mayor presencia de competidores que de medios de subsistencia como justificación para un reparto desigual que favorecía a las clases dominantes, la geografía anarquista defendía que la solidaridad entre los pueblos era el instrumento necesario que cubriría sus necesidades con un reparto justo de los recursos.

En cuanto a la distribución espacial de esta realidad, siguiendo los postulados anarquistas Kropotkin defendía el rechazo a toda autoridad estatal por lo que el modelo propuesto eliminaba el concepto de fronteras políticas como espacio de división y tendía a coger la federación de pueblos como ejemplo pragmático de autogestión proletaria. Así, el anarquismo pasaba a definirlo como «éticamente humano, natural y geográficamente realizable».

Hoy en día los planteamientos geográficos anarquistas tanto de Kropotkin como de Reclus son recogidos por la escuela de la Geografía radical y su objetivo de ser realmente útil a la sociedad a través del estudio de las desigualdades sociales y sus manifestaciones espaciales en las ciudades y los Estados del mundo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Estamos en guerra con la vida salvaje, y contra nosotros mismos


La humanidad consume recursos naturales como si tuviésemos 1,6 planetas a nuestra disposición. Necesitamos un cambio total en nuestra economía, y especialmente en el modo de producir alimentos

JUAN CARLOS DEL OLMO (WWF)

En estos momentos, en todo el planeta y de forma imparable, los seres humanos estamos iniciando la que podría considerarse la sexta extinción masiva de la historia de la Tierra. La civilización humana se ha convertido en un cataclismo para el resto de seres vivos con los que compartimos planeta. En palabras del científico Edward O. Wilson, «somos el meteorito gigante de nuestro tiempo».

Los datos no pueden ser más claros: en 40 años hemos acabado con más de la mitad de los animales que pueblan la Tierra. Según el Informe Planeta Vivo, que publicamos en WWF cada dos años, las poblaciones de animales vertebrados —como mamíferos, aves o peces— cayeron un 58% entre 1970 y 2012.

Las frías cifras no transmiten todo lo que supone el exterminio de la vida salvaje, de lo que hace especial y único este planeta. No hace falta irse a Borneo para verlo: los campos que hace décadas bullían de grillos, ranas, abejas o aves están ahora en silencio. Por poner un ejemplo, desde 1990 ha desaparecido un tercio de las mariposas de prados y pastizales de Europa.

Aunque muchas personas se sienten desconectadas de la naturaleza, es muy difícil entender cómo esta crisis global sigue pasando tan desapercibida cuando está en juego nuestra propia supervivencia. La riqueza y la diversidad de la vida en la Tierra, esa compleja red a la que llamamos «biodiversidad», es precisamente lo que hace habitable nuestro planeta.

Los seres humanos somos parte de la misma ecuación y, si acabamos con el mundo natural, se vendrán abajo los complejos sistemas que sostienen y nos dan todo: la estabilidad del clima, el agua que bebemos, el aire que respiramos, el suelo en el que cultivamos nuestros alimentos, la polinización de las plantas que comemos… Sencillamente, no podemos tener sociedades prósperas en un planeta devastado.

Hay muchos factores que están llevando la biodiversidad al borde del colapso. El principal es la destrucción de los ecosistemas y lugares salvajes para abrir sitio a la agricultura y la ganadería, la tala, la construcción de infraestructuras como carreteras y presas o la explotación de minerales y combustibles fósiles. Tan solo el 15,4% de la superficie terrestre y el 3,4% de la superficie marina está protegida, y muchas veces ni siquiera esa protección sirve para preservar la biodiversidad: lo vemos en lugares como Doñana, que sigue asediada pese a ser nuestro Parque Nacional más emblemático.

La segunda causa de pérdida de vida salvaje es la caza —legal e ilegal— y la sobrepesca. En el 31% de los caladeros del planeta se pesca de modo excesivo, con algunos lugares especialmente esquilmados: el 93% de las pesquerías evaluadas en el Mediterráneo están sobreexplotadas. Aunque algunas especies de peces están recuperándose por la adopción de medidas estrictas de gestión tras campañas de conservación —el caso del atún rojo es paradigmático—, lo cierto es que los océanos no dan mucho más de sí.

El furtivismo y el tráfico de vida salvaje merecen una mención especial, por su escala y por su impacto en algunas de las especies más emblemáticas del planeta. En la última década, la población de elefantes ha caído en 111.000 ejemplares, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, sobre todo por el tráfico de los colmillos de sangre. Solo en Sudáfrica más de 1.000 rinocerontes murieron por sus cuernos a manos de furtivos en 2016, una pequeña reducción respecto a años anteriores, pero una cifra absolutamente insoportable.

El tráfico de especies es una de las mayores actividades criminales a nivel global, junto al de drogas, armas y personas. Detrás de este sangriento negocio hay redes criminales internacionales y grupos armados, que han desatado una auténtica guerra contra la vida salvaje en África. En los últimos tiempos, el marfil se ha convertido en una de las divisas predilectas para grupos terroristas como Al-Shabaab o Boko Haram, que lo cambian por armamento pesado. Y el goteo de guardas muertos a manos de furtivos no cesa, uno cada tres días según datos de la Green Line Foundation. En agosto, el prestigioso conservacionista Wayne Lotter fue asesinado a sangre fría en Tanzania por su incansable lucha contra las redes del tráfico de marfil.

A pesar del panorama, no hay tiempo para caer en la desesperación. Es el momento de despertarnos y actuar antes de que sea tarde. En algunos lugares del planeta se están produciendo avances que demuestran que merece la pena seguir luchando por la vida salvaje. Especies que llegamos a considerar casi perdidas se están alejando poco a poco del abismo de la extinción, como nuestro lince ibérico, que ha pasado de menos de 100 ejemplares en 2002 a casi 500 en la actualidad gracias a proyectos con apoyo europeo. El panda gigante, uno de los símbolos de la conservación de la naturaleza desde que en WWF lo escogimos como logo hace medio siglo, dejó de estar considerado «en peligro» el año pasado.

Son grandes avances que nos dan esperanza y nos animan a seguir luchando, porque queda mucho por hacer. Las acciones tradicionales de conservación, la protección de especies y los lugares salvajes en los que viven ya no son suficientes para resolver la crisis global de la biodiversidad. Si queremos salvar la vida salvaje —y, en consecuencia, a nosotros mismos— necesitamos un cambio total en nuestra economía y nuestro papel en relación con la naturaleza. Ahora mismo, la humanidad consume recursos naturales como si tuviésemos 1,6 planetas a nuestra disposición, acumulando un déficit ecológico cada vez mayor.

Ese cambio que necesitamos pasa por muchas cosas, pero una de las más importantes es cambiar el modo en que producimos nuestros alimentos, una de las principales causas de pérdida de biodiversidad y de destrucción de los ecosistemas a escala global. Y se espera que su impacto ambiental no deje de crecer para poder mantener el ritmo al aumento previsto en la población, el nivel de vida y el consumo de proteínas animales.

Un tercio de la superficie de cultivos del mundo se usa para producir alimentos para el ganado: un terreno ganado a la naturaleza, muchas veces en zonas con una enorme riqueza de biodiversidad, como la Amazonía. Por eso, consumir menos carne es una de las medidas que cualquiera puede adoptar, en su día a día, para ayudar a la vida salvaje. También reducir el desperdicio de alimentos —el 30% de la comida acaba en la basura— o buscar productos con origen sostenible certificado, como MSC para el pescado o FSC para el papel.

Las decisiones individuales son importantes, pero para lograr un sistema alimentario que no devaste la naturaleza necesitamos cambios mucho más profundos, también en las políticas de empresas y gobiernos. En Europa, y particularmente en España, donde la agricultura industrial también está vaciando los campos de vida, trabajamos en una coalición —Living Land— de más de 600 organizaciones con la ambiciosa meta de cambiar de raíz la Política Agraria Común —la política que guía el sistema agroalimentario en Europa.

Y, por último, necesitamos un nuevo sistema económico en el que podamos prosperar respetando la naturaleza y los límites de nuestro único planeta. La velocidad a la que logremos ese cambio de paradigma es vital para definir nuestro futuro, porque la crisis de biodiversidad —y la crisis climática— están desbocadas.

El reto es inmenso, pero llegaremos antes si cada vez más personas y especialmente si nuestras empresas y gobiernos entienden el valor y la fragilidad de la Tierra y despiertan ante el exterminio que estamos provocando en la vida salvaje. Quizá cuando comprendamos que solo somos un hilo más en esa red de la vida, la biodiversidad, seremos capaces de construir un planeta en el que toda clase de vida pueda prosperar.

13 septiembre 2017

sábado, 9 de septiembre de 2017

El peligro de ser ateo en ciertos países


Hay países donde manifestarse como ateo es un riesgo de muerte, uno de ellos es Pakistán. Omar, curiosamente llamado así en honor de uno de los califas más respetados del Islam, no siguió la tradición musulmana de sus ancestros e incluso llegó a fundar un grupo ateo en aquel país. No obstante, los miembros deben mostrar identidades ficticias ante el peligro que los rodea, ya que publicar en las redes sociales sobre ateísmo en Pakistán es un delito grave al ser considerado una blasfemia. Taimoor Raza, chií de 30 años, fue condenado a muerte en junio de este año después de discutir en Facebook sobre religión con alguien que resultó ser un agente antiterrorista. La acusación fue de difundir un discurso de odio convirtiéndose en la primera sentencia de este tipo en el país asiático, relacionada con las redes sociales, aunque los delitos de blasfemia se han sucedido en el pasado. Incluso, la población ha provocado en ocasiones linchamientos a los blasfemos, leyes promovidas desde lo alto, pero aparentemente sustentadas por las masas. Es lo que tiene la religión, que parece empujar a gente normal a sustentar sistemas de dominación y acabar haciendo barbaridades.

El caso de Omar es el primero en el que la ley se ocupa del ámbito cibernético, por lo que la represión se extiende e incrementa. Otro activista en las redes es Zahir, nombre obviamente ficticio, que habla en sus medios de política y ateísmo. Ha mantenido varias cuentas en Twitter, que han acabado bloqueadas a pesar de lo sutiles y razonadas que sean sus críticas. Es evidente que el Estado paquistaní ha declarado la guerra a todos aquellos que promueven el librepensamiento y manifiestan críticas al fundamentalismo religioso (valga el pleonasmo). Hamza, otro pseudónimo, es un bloguero y creador de un foro online sobre ateísmo, que acabó detenido varias semanas, torturado y obligado a firmar una renuncia a sus actividades. La república islámica de Pakistán parece replegarse en el fundamentalismo, incrementar la represión a todo aquel que no sea un «buen ciudadano» (es decir, un «buen musulmán») y dejar bien claro que los que promuevan una sociedad libre se enfrentan incluso al asesinato legalizado. Un país donde el poder político y el religioso están fusionados como demuestra el hecho de que haya dos cosas intocables: el Ejército y el Islam. A pesar de ello, existen individuos y grupos, increíblemente valientes, que se reúnen clandestinamente para cuestionar el estado de las cosas.

Desgraciadamente, gran parte de las personas suele ser conservadora; no cuestiona la educación que ha recibido en aras de algo mejor, de una mayor libertad. Es el caso en Pakistán, exacerbado por la ausencia de laicismo, pero también de cualquier otro lugar del mundo; no es un problema solo del Islam o de una sociedad abiertamente religiosa, sino de cualquier enseñanza dogmática. Obviamente, existen muchos no creyentes en el mundo, pero en muchos lugares se les obliga a que respeten los rituales sociales, a que oculten su auténtico pensamiento. Por ello, debemos mostrarnos solidarios con estos activistas que desafían a la religión y al Estado. El gobierno de Pakistán ha descubierto que el delito de blasfemia es una inmejorable herramienta para preservar, no solo la tradición religiosa, también el poder político. En lo que va de este año 2017, al menos han sido secuestrados por el Estado seis activistas, después de publicar textos y fotos en las redes sociales sobre ateísmo. A pesar de este incremento de la represión, parece crecer también el ímpetu por defender un pensamiento libre en países en donde se juegan la vida con ello.

Hay que recordar que la tolerancia y la libertad religiosa, que preferimos denominar mejor libertad de conciencia es una conquista por parte de los que han promovido un pensamiento verdaderamente libre. No es ninguna concesión, por parte del poder religioso o político, sino que se ha conseguido en gran medida gracias a gente valiente y libre para manifestarse, a pesar de peligrar su integridad física. La historia no puede verse de manera simplista y maniquea, ya que incluso el muy idealizado periodo de la Ilustración en Occidente es digno de muchos matices. El mismo Voltaire, presentado a menudo como un adalid de la tolerancia, rechazaba a los ateos; la muy reivindicable obra de Jean Meslier fue difundida por él de manera sesgada cortando las partes más radicales, tanto en lo político, como en lo religioso. En la Declación Universal de Derechos Humanos figura la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, pero es necesaria la ampliación hacia el derecho a no profesar ninguna religión o creencia. Pero, por encima de todo, además del derecho, es imprescindible el «hecho» de pensar y actuar libremente, ya que muy a menudo las declaraciones, bienintencionadas o no, ocultan un gran problema real. Existen varios países donde manifestarse como ateo es un grave político, pero la hipocresía de los gobiernos y medios, supuestamente democráticos, es evidente al no ocuparse firmemente de la denuncia. El número de no creyentes y librepensadores en el mundo crece y no puede valorarse en su justa medida debido a esta grave situación.

LIBRE EXAMEN
15 agosto 2017

viernes, 1 de septiembre de 2017

81 años del asesinato de Isaac Puente, icono del anarquismo vasco


Semana después de su fusilamiento un batallón formado por militantes de la CNT del Euzko Gudarostea (Ejército Vasco) fue bautizado con su nombre: el Batallón Isaac Puente.

31 agosto 2017

Este viernes se cumplen 81 años de la muerte del médico anarquista Isaac Puente, fusilado por los fascistas. Nació en una pedanía vizcaína, siendo el tercero de seis hermanos, y a los quince años se trasladó a Vitoria, en donde su padre y su hermano mayor trabajaron como farmacéuticos (en una farmacia que aún existe, en la Cuesta de San Francisco).

Finalizó la carrera de medicina en 1918 y comenzó a ejercer como médico rural en Cirueña (La Rioja), para luego pasar a Maestu, en Alava. En esta localidad atendía a personas sin recursos y, según algunas fuentes, el dinero que cobraba a la hija de uno de los patrones lo destinó a apoyar a los obreros de su fabrica, que estaban en huelga. En 1930 fue designado diputado, pero se negó a colaborar con la 'dictablanda' del general Berenguer

En 1933 publicó su panfleto El comunismo libertario, que influyó notablemente en la resolución final del Congreso de Zaragoza de la CNT en mayo de 1936. Escribió también sobre salud, higiene y naturismo, así como contra la prostitución y en apoyo al feminismo.

El 28 de julio de 1936 fue detenido y cuatro días más tarde fue fusilado. Existen dudas sobre lo que sucedió con sus restos, pues hay quienes le sitúan en una fosa y quienes dicen que se encuentran en el Valle de Los Caídos. Semana después un batallón formado por militantes de la CNT del Euzko Gudarostea (Ejército Vasco) fue bautizado con su nombre: el Batallón Isaac Puente.

domingo, 27 de agosto de 2017

La FAI ante los atentados de Cataluña

 

La FAI, ante los hechos acontecidos el jueves 17 de agosto en Barcelona y Cambrils, no puede más que rechazar este tipo de atentados en el que, otra vez más, hemos de sufrir los trabajadores y la sociedad civil. Por ello nuestro más sincero apoyo y condolencias a familiares y amigos de las víctimas.

No podemos pasar por alto, y debemos condenar, a los medios de información españoles, los cuales, en vez de ser rigurosos, dar información fehaciente, veraz, contrastada, y respetar a familiares y amigos de las víctimas, se dedican a frivolizar, fomentar el sensacionalismo y alimentar la xenofobia y la islamofobia.

Al igual que en Charlottesville, Teherán, Bagdad, Londres, Estocolmo, Malawi, Hub, Manchester o Madrid, entre otras tantas ciudades de los cinco continentes, somos los pobres, como lo hemos sido a lo largo de la historia, los que tenemos que poner los muertos de una guerra imperialista a escala global al servicio de las grandes multinacionales, que están alimentando la división, el odio racial, el nacionalismo y el fascismo.

Frente a aquellos que siembran el caos con sus políticas imperialistas y los que fomentan y alimentan el fascismo, el racismo y el supremacismo, debemos seguir practicando la solidaridad y el apoyo mutuo entre los desposeídos, y seguir denunciando la barbarie a la que nos somete el capitalismo en el siglo XXI.


lunes, 21 de agosto de 2017

CNT ante el atentado de Barcelona

 


Desde la Confederación Nacional del Trabajo mostramos nuestra más absoluta pena, indignación, confusión y dolor ante el atentado sufrido esta tarde en Barcelona.

Una vez más ha sido el pueblo, la población civil, la gente corriente, la que ha sufrido las consecuencias de guerras que no son suyas. Una vez más el pueblo vuelve a poner el sufrimiento y los muertos.

Esta vez ha cambiado la localización, ha cambiado el lugar. Esta vez ha sido golpeado el corazón de Barcelona. Pero otra vez el objetivo ha sido el mismo: la población civil desarmada e inocente.

Ya sea en Irak, Afganistán, Siria, Yemen, Londres, París, Berlín, el Mediterráneo o en las vallas de Melilla, volvemos a convertirnos en víctimas propiciatorias, en daños colaterales de una guerra entre bandos que desconocemos, que no repara en medios ni límites para alcanzar sus objetivos, que no conoce el significado de la palabra «amor». Bandos para los que el poder está por encima de las personas y de la vida. Bandos que no nos representan.

Estamos seguros de que ningún acto vil y despreciable como éste conseguirá convertirnos en lo que no somos. No van a conseguir enfrentarnos a nuestros hermanos y hermanas de clase. A buen seguro, este acto rastrero debe servir para vernos reflejados, para comprendernos y para reforzar nuestras convicciones morales de solidaridad y apoyo mutuo entre las personas y los pueblos.

Frente a aquellos que predican la intolerancia, la persecución al diferente o la superioridad religiosa, racial o de clase, nos levantamos como pueblo valiente, diverso y luchador.

Todo nuestro amor a los que sufren.

CNT
17/08/2017

domingo, 13 de agosto de 2017

Turismofobia, tu padre


7 agosto 2017

Si denuncias que hay camareros cobrando 700 euros al mes por 12 horas de trabajo diarias, de las que sólo están dado de alta cuatro, es que odias el turismo; si denuncias que hay camareras de piso que acuden empastilladas a trabajar para poder limpiar 20 habitaciones diarias a 1,5 euros cada una, es que odias el turismo.

Si denuncias que los guiris borrachos se alojan en apartamentos ilegales y te vomitan tu patio, es que odias el turismo; si denuncias que tu alquiler ha pasado de 500 euros al mes a 900, porque al casero le es más rentable alquilar la vivienda ilegalmente por días que por meses de manera legal, es que odias el turismo. Si denuncias que los antiguos pequeños comercios y bares de toda la vida de tu barrio ahora son franquicias donde pagan 700 euros al mes a los camareros con contratos parciales que se convierten en jornadas de sol a sol, es que odias el turismo.

Si denuncias que estudiaste Turismo y estuviste viviendo en dos países varios años para perfeccionar tu nivel de idiomas y que ahora el hotel donde trabajas de recepcionista te paga 900 euros al mes, es que odias el turismo; si denuncias que estás harto de no poder salir de tu casa porque las manadas de turistas en fila india tienen bloqueado el portal de tu casa, es que odias el turismo.

Si denuncias que hay una burbuja turística que ha sustituido a la burbuja inmobiliaria, sostenida en bajos sueldos y expulsión de la población local de la ciudad, es que odias el turismo; si denuncias que es inmoral cobrar 100 euros por una habitación de hotel, mientras se le paga 1,5 euros por limpiar una habitación a una camarera de piso o 700 euros al camarero que te sirve el desayuno, es que odias el turismo. Si denuncias que los beneficios del turismo, sector que no ha conocido la crisis y que aumenta anualmente sus beneficios en más de dos dígitos, se tienen que repartir de manera equilibrada entre trabajadores, empresarios y ciudades turísticas, es que odias el turismo.


Si denuncias que el patrimonio histórico-artístico de nuestras ciudades no soporta la presión turística actual y que es posible que en unos años no podamos seguir viviendo del turismo porque nos lo habremos cargado por la avaricia capitalista, es que odias el turismo.

Si denuncias que el turismo debe ser un sector de futuro y no sólo de presente, que los turistas merecen visitar sitios auténticos, con vida real, y no parques temáticos y que los habitantes locales merecen poder conjugar vivir en su ciudad con el turismo, es que odias el turismo. Si denuncias que un trabajador del sector turístico no puede disfrutar de una semana de vacaciones al año porque el salario que recibe no se lo permite, es que odias el turismo.

Es lo mismo que ocurría cuando se denunciaba que la burbuja inmobiliaria impedía que las familias normales pudieran acceder a una vivienda digna o que la construcción estaba destruyendo el patrimonio ambiental y el litoral de nuestro país. Los que lo odian todo, menos su deseo de acumular beneficios a costa de explotar recursos naturales, históricos y humanos, han encontrado en la «turismofobia» su palabra clave para no abrir un debate sereno y serio del que no podrán salir bien parados y que podría poner freno a su ansia desmedida por la acumulación de beneficios a costa de la salud de mujeres que acuden a trabajar drogadas para poder soportar los dolores que les producen mover carros de ropa sucia y limpiar 20 habitaciones en cuatro horas. Turismofobia, tu padre.

lunes, 7 de agosto de 2017

El anarquismo, una página arrancada de la Historia


J. CARO

Hay una página arrancada de la Historia, una página que no aparece en los manuales y textos oficiales, y que, por tanto, permanece ignorada y desconocida para la mayoría de la gente. Esta página ha sido deliberadamente borrada del libro de la Historia para intentar condenar al olvido una serie de hechos y acontecimientos que el poder, pasado y presente, prefiere mantener ocultos. Y esta página suprimida de la Historia se llama anarquismo.

Lo puedes comprobar fácilmente: tanto en el cine como en TV rara vez es mencionado; y en los libros de estudio, salvo que busques e indagues por tu cuenta en fuentes alternativas, la versión mostrada suele ser tendenciosa y falsa. Ya sea en unos u otros medios, el anarquismo es sistemáticamente denostado, tergiversado y falseado hasta retorcerlo y convertirlo en lo contrario de lo que en realidad es.

Más allá de programas ideológicos que, si he de ser sincero, me interesan más bien poco, para mí el anarquismo es un ideal de libertad y justicia social. Las ideas libertarias son indestructibles por una sencilla razón: porque forman parte de la mejor esencia del ser humano, aquella que le proporciona un sentido de dignidad e integridad como persona y le alienta a luchar por sus derechos. Y estas ideas vienen animando a la humanidad desde sus albores. Este ideal ha hecho que se consigan grandes logros y avances sociales, como fueron la abolición de la esclavitud, la liberación de la mujer y el reconocimiento de los derechos humanos a nivel universal, entre otros, mejorando el nivel de vida de la gente, al menos en ciertas zonas del mundo. Aunque todavía quedan muchas carencias que resolver, el progreso en muchos ordenes de la vida es más que evidente, a pesar de aquellos que prefieren afirmar que las cosas nunca cambian y que jamás se consigue nada, como son todos esos quintacolumnistas del fracaso y la derrota en las luchas populares.

El anarquismo es habitualmente acusado de utópico, de pretender alcanzar algo imposible, pero ya sabemos que la utopía sirve para caminar y lo imposible a veces se vuelve posible, como ha demostrado el espíritu humano en más de una cumbre de montaña. No obstante, es preciso reconocer en honor a la verdad que, en una sociedad dominada por los medios de comunicación y en la que impera la cultura del consumo, la competitividad y el conformismo, los ideales libertarios parecen extraños e insignificantes a su lado.

La élite capitalista que domina el mundo, los dueños de los bancos y las industrias, con los políticos a su servicio para asegurarse el dominio de las instituciones del Estado, puede permitirse el lujo de mantener una ilusoria apariencia democrática. Ante tan colosal oponente, el anarquismo viene a suponer la molestia de un mosquito. Pero no olvidemos que hay insectos diminutos capaces de inocular el virus de una enfermedad mortal en organismos infinitamente superiores como el ser humano.

Y eso exactamente es el anarquismo para el sistema capitalista. Una amenaza para su organización social fundada en el dinero y la jerarquía de clases. Quizá pueda parecer que los resultados han sido pocos, que las conquistas han sido escasas, y que aún nos debatimos en una lucha sin futuro.

Sin embargo, es preciso desterrar esta creencia falsa de la inutilidad del esfuerzo y de la lucha. La historia nos demuestra que las conquistas sociales han sido muchas y profundas, como pueden atestiguar multitud de hombres y mujeres en grandes partes del mundo. Bien es cierto que todavía queda un largo y arduo camino por recorrer hasta que todos podamos disfrutar de una vida libre, digna y plena.

Muchos son los éxitos logrados a lo largo de la historia, pero quizás el más significativo de todos haya sido el hacer que la gente sea consciente de sus derechos humanos. Las reivindicaciones han calado entre aquellos que realmente desean vivir en libertad.

Con frecuencia se nos dice que tengamos paciencia. Se nos dice que los recortes en materias sociales son necesarios, aunque afecten a la vida de millones de personas. Se nos dice que en estos momentos lo más importante es consolidar la economía. Se nos dicen muchas cosas desde hace demasiado tiempo. Durante los miles de años que llevamos esperando, siempre se han antepuesto los intereses de los más ricos a los de la inmensa mayoría de la gente común y corriente. Siempre hay cosas más importantes de las que ocuparse que mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, que realmente es la que sustenta el país. Pero ya hemos aprendido que no es a base de paciencia como se consiguen las cosas, sino a base de presiones y movilizaciones colectivas. Es hora de dejar constancia de nuestra protesta.

Las mejoras conseguidas no han llovido del cielo, ni son una deuda que debamos a filántropos humanitarios o dirigentes magnánimos, ni ha sido el devenir de la sociedad el que nos conducido de forma natural hasta donde estamos. Más bien al contrario. El poder nunca regala nada. Para lograr cualquier progreso, ha sido preciso luchar y hacer frente a una fuerte oposición por su parte. Y reclamar el carácter movilizador de este proceso y el papel jugado por las luchas populares no sólo es una cuestión de justicia sino un deber imprescindible para conservar nuestra memoria colectiva.

Las ideas de libertad y justicia social constituyen, a mi entender, la base del anarquismo, y están asimismo en el sentimiento y la razón que anima a los oprimidos desde el inicio de los tiempos. Revolucionarios eran en su búsqueda de liberación los esclavos que se enfrentaron al Imperio romano. Espartaco y sus gladiadores vencieron a las temibles legiones romanas durante varios años, creando al mismo tiempo un enorme ejército de esclavos liberados con el que pusieron en jaque a la poderosa Roma, dueña de medio mundo. Fracasaron al final, es cierto, por muy diversas razones, y su recuerdo se pretendió eliminar de los libros de Historia para que no sirviera de ejemplo a las generaciones futuras. Pero su heroica gesta era de tal magnitud que no pudo ser destruida por completo, y la rebelión de los esclavos permaneció en la memoria de todos aquellos que lucharon contra el poder posteriormente.

Desde las revueltas de comunidades campesinas contra el señorío feudal durante el Medievo, a las sucesivas revoluciones que sacudieron los cimientos de naciones enteras, toda lucha por la libertad y la justicia social a lo largo de la historia ha ido cimentando las bases que sustentan el anarquismo, pues en todo alzamiento popular estaba el ideal ácrata sirviendo como detonante para las acciones de rebelión.

Donde el pueblo se levantaba y alzaba la voz reclamando sus derechos, allí estaba el anarquismo. Estaba en la revolución mexicana luchando al lado de Zapata y los campesinos indígenas que exigían Tierra y Libertad, estaba con los franceses que apoyaron el poder popular de la Comuna, y estaba con los anarquistas españoles que combatieron el fascismo durante la Guerra Civil.

Es inevitable y natural que donde haya opresión, exista anhelo de libertad. Donde la gente sufre pobreza y necesidad, tomará por la fuerza lo que necesita. Es un hecho evidente que se repite siempre en la historia: el único resultado de la represión es el fortalecimiento y la unión de los reprimidos. Pero el poder sólo considera adecuados los medios para mantener a la gente sujeta y obediente, crédula a ser posible de convenientes doctrinas religiosas, patrióticas o simplemente monetarias, con el fin de impedir la revuelta, mientras persisten las causas de la misma.

El anarquismo perpetúa una larga herencia de lucha en contra del poder establecido, con un ideal como meta individual y colectiva: la dignidad y la libertad del ser humano. El anarquismo aspira a un mundo más justo y solidario, más libre y humano, donde el respeto a los demás constituya el límite de la libertad personal, un planeta donde todos, humanos, animales, plantas y árboles, podamos desarrollarnos y ser nosotros mismos en armonía con la naturaleza. Todo eso y mucho más persigue el ideal anarquista.

Por tanto, estará siempre allá donde alguien se rebele contra la injusticia y la explotación. Estará donde exista pobreza e ignorancia. Estará donde alguien sufra y sea reprimido. En cualquier sitio donde la gente honesta y decente se vea sometida, allí estará. El anarquismo estará en todas partes, donde quiera que se luche por la libertad y la justicia social, allí estará.

De igual modo, estará allá donde las personas tiendan una mano amiga, donde alguien trate de hacer un mundo mejor para todos, donde se pueda vivir dignamente del trabajo propio sin nadie que se aproveche, donde los hambrientos puedan comer, donde los sometidos puedan alzarse, allí estarán las ideas libertarias.

En todos y cada uno de estos sitios, allí estará el anarquismo, un ideal de libertad y justicia social que no puede morir ni ser eliminado porque forma parte innata y esencial del mismo espíritu humano.


Nº 348 / julio 2017

martes, 1 de agosto de 2017

A propósito de los últimos atentados yihadistas


Nº 348/julio 2017

Los últimos atentados cometidos en Inglaterra nos animan a reflexionar sobre la lucha contra el terrorismo, la guerra santa, la venganza política o vete a saber qué otros nombres le dan, tanto unos como otros, a este despropósito. Esta competición que consiste en ver quién mata más inocentes, ya sea en atentados en la calle como en bombardeos indiscriminados sobre la población civil, que nada tiene que ver con esta guerra no declarada en la que unos en nombre de Dios y otros en nombre de los intereses capitalistas pretenden dictarnos lo que tenemos que pensar, hacer, decir, trabajar, vestir, comer, beber... a base de ajusticiar injustamente inocentes que nada tienen que ver con su conflicto particular, pero que son los que están muriendo o perdiendo a sus seres queridos, su libertad, su dignidad. Esta es una guerra que ya está durando demasiado y que está causando unos daños irreparables a nuestra libertad, nuestra autonomía personal y colectiva, nuestra personalidad y nuestro libre albedrío, reduciéndolos a cenizas.

Como anarquistas condenamos este tipo de actitudes y a los que caen en ellas, sean del color, la religión y la condición social que sean. Pero no podemos por más que plantearnos una serie de cuestiones que podrían arrojar luz sobre el yihadismo, su auge y extensión a los países occidentales. A los países que condenan con tanta vehemencia los atentados yihadistas habría que preguntarles por qué no condenaron con la misma vehemencia los bombardeos indiscriminados contra la población civil en Iraq, Afganistán, Libia o Siria que causaron tantas víctimas inocentes. ¿Acaso eso no es terrorismo? Esos bombardeos indiscriminados se convirtieron en verdaderas fábricas de yihadistas. ¿Quién entrenó, financió y armó a todos estos grupos en los últimos años de la Guerra Fría para luchar contra el bloque antagonista? ¿Por qué unas víctimas son llamadas víctimas y otras víctimas daños colaterales? ¿Quién es el doctor Frankenstein que ha creado estos monstruos que después se han escapado de su control?

¡Ya está bien! A ver cuándo nos enteramos de que por encima de cualquier consideración política, económica, religiosa o social están el ser humano y el resto de los seres vivos.

F.R.GG.AA. de E.H.

sábado, 22 de julio de 2017

El «señoritismo»


Por MIGUEL LORENTE ACOSTA

Con frecuencia se habla de «populismo», pero nunca de «señoritismo».

Definir la realidad según la interpreta quien ocupa las posiciones de poder permite describirla de manera interesada a sus necesidades y conveniencia, y de ese modo perpetuar la desigualdad y las ventajas que les proporciona. El resultado es muy variado y diverso, lo hemos visto, entre otros escenarios, en las pasadas elecciones.

Durante este tiempo hemos oído calificar de «populismo» todas aquellas propuestas que tienen un impacto directo, casi inmediato, sobre cuestiones y problemas que afectan a quienes cuentan con menos recursos y oportunidades para afrontarlos, especialmente si la propuesta, además, impacta en quienes ocupan las posiciones de poder y reconocimiento en nuestra sociedad. El mensaje que se manda con esa consideración «populista» suele ser doble: por un lado la imposibilidad de llevarla a cabo, y por otro la inconveniencia o inoportunidad de hacerlo, dadas las consecuencias negativas que tendría para el «sistema».

De este modo la crítica es doble, por una parte sobre su mentira, y por otra sobre el hipotético daño que ocasionaría en caso de que se pudiera realizar, de ahí que la consecuencia inmediata sea presentar al populista como «mentiroso y peligroso». A partir de ese momento ya no hace falta ningún otro argumento, se desacredita a la fuente por «populista» y se evita tener que contra-argumentar sobre lo propuesto, o tener que plantear iniciativas que resulten más prácticas o interesantes para la sociedad. Y quien actúa de ese modo es, precisamente, quien dispone de más medios y recursos para sacar adelante múltiples iniciativas para abordar las cuestiones que intentan resolver las propuestas consideradas «populistas».

El populismo queda de ese modo identificado como el espacio al que recurren quienes no tienen la capacidad, la preparación o la responsabilidad para actuar con «sentido de Estado» y en nombre del «bien común», y sólo lo harán en busca del interés personal, incluso sin importarle destruir el Estado si fuera necesario. El populismo, por tanto, no es sólo la propuesta puntual, sino que además se convierte en el espacio donde situar cualquier medida que actúe contra el orden social establecido sobre las referencias de una cultura desigual, machista y estructurada sobre referencias de poder levantadas a partir de determinadas, ideas, valores y creencias.

Nadie cuestiona ese orden dado como un contexto interesado que carga de significado a la realidad, cuando en verdad actúa de modo similar al espacio considerado como «populismo», pero a partir de las ideas, valores, objetivos e intereses de quienes han tenido la posibilidad de decidir en su nombre qué era lo que más interesaba al conjunto de la sociedad, haciendo de sus posiciones la «normalidad» a través de la cultura. Y del mismo modo que se ha identificado con «lo del pueblo» aquello que de alguna manera se considera contrario al orden establecido, hasta el punto de considerarlo «populismo», deberíamos aceptar como «señoritismo» el espacio y las referencias dadas en nombre de la cultura jerarquizada y desigual que define posiciones de poder sobre el sexo, las ideas, la diversidad sexual, el grupo étnico, las creencias, el origen, la diversidad funcional… Un «señoritismo» que juega con una imagen opuesta al «populismo» al presentar sus iniciativas como las únicas capaces de resolver los problemas, por ser propuestas y desarrolladas por personas preparadas y responsables. De ese modo se defiende la élite operativa y la esencia ideológica.

Las consecuencias son muy amplias y diversas, puesto que hablamos de la normalidad y la cultura, pero centrándonos en lo ocurrido en las elecciones, no sólo en estas últimas del 26J, pero sí sobre algunas de las cuestiones que se han planteado tras sus resultados, podemos ver cómo actúa el juego entre «populismo» y «señoritismo».

Subir los impuestos a quienes más tienen y se aprovechan de la legislación para cotizar menos, cuestionar la precariedad laboral, pedir una educación y una sanidad públicas y de calidad, hablar de dependencia, exigir medidas contra la violencia de género, reclamar medios contra la corrupción… todo eso es populismo. En cambio, mantener un sistema fiscal que ahoga a clases medias y bajas, facilitar el desarrollo de la sanidad y la educación privada, incluso con segregación en las aulas, olvidarse de las personas mayores y dependientes más allá de la caridad, recortar los recursos para erradicar la violencia de género, permitir que la corrupción se resuelva por medio del olvido… todo ello no se considera «señoritismo», aunque es reflejo de ese orden de ideas y valores en armonía con la parte conservadora que la propia cultura defiende como esencia de presencia y continuidad.

Y no sólo es que las políticas conservadoras y tradicionales no se ven como algo ajeno a la propia normalidad y cultura, sino que, además, cuando son descubiertas como algo contrario al interés común y cuando sus resultados son objetivamente negativos, la posición de quien las lleva a cabo y el significado que se les da no adquiere el nivel de rechazo y exigencia de responsabilidad, por haber sido realizadas por quienes tienen una cierta legitimidad para actuar de ese modo, y porque quedar integradas dentro de otras medidas y políticas que presentan como positivas para la sociedad y el sistema.

El ejemplo de esta situación lo tenemos en lo que ocurre cada día en muchos pueblos. Cuando el «señorito del pueblo» o un empresario se levanta a las 12 del mediodía y se va directamente a tomarse un vino al bar de la plaza del pueblo, nadie lo cuestiona porque se entiende que esa conducta forma parte de su condición, algo que no aceptarían en un trabajador. Algo parecido sucede, por ejemplo, ante las críticas a algún mensaje lanzado por representantes de la Iglesia (rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo, propuestas de salud sexual y reproductiva, impuestos que no paga…), que se consideran como un ataque a la libertad religiosa, pero cuando desde la Iglesia se cuestiona la política y se llama a la desobediencia civil a las leyes de Igualdad, se dice que es libertad de expresión.

Cada cosa tiene un significado diferente dependiendo de lo que afecte al modelo pero, además, si las propuestas coinciden con él son consideradas propias y adecuadas, y por tanto, no cuestionables ni motivo para exigir responsabilidad a quien las haga por entenderlas como parte de ese contexto de «señoritismo».

Y no es que se acepte el resultado negativo cuando se produce, pero no se entiende con la suficiente entidad como para cuestionar al contexto o al partido político que la lleva a cabo. Es lo que hemos visto con los casos de corrupción en el PP, que no les pasa factura electoral por entender que son «cosas que suceden donde se mueve mucho dinero» y que «no es un problema del modelo de organización, aunque haya sido permisivo y ausente, sino de unos pocos que lo han traicionado».

Esa valoración y justificación es imposible en otros partidos y contextos en los que los casos de corrupción no forman parte de las posibilidades que les otorga el reconocimiento de su normalidad. Es lo del señorito del pueblo y el trabajador, si un trabajador se levanta a las 12 y se va al bar de la plaza a tomarse un vino es considerado un gandul o un borracho, algo que nunca se dirá del señorito.

¿Alguien ha hablado en esta legislatura de los coches oficiales, del número de asesores de Moncloa, del inglés de Rajoy, de la ropa o las parejas de las ministras del Gobierno, de las colocaciones de los ex-ministros, como por ejemplo Wert en Paris…? Todo eso forma parte del «señoritismo», y mientras no se modifiquen las referencias de una cultura desigual y machista, una gran parte de la sociedad siempre será condescendiente con el poderoso, con sus ideas, valores y creencias que configuran el «señoritismo».

4 julio 2016